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"La Palabra es un don, el prójimo es un don"



"La Palabra es un don, el prójimo es un don"

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La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor.
 
Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).
 
La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia.
 
Que este sea el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor "que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador" nos muestra el camino a seguir.
 
Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados.
 
Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana.
 
Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua. (Extracto Mensaje para la Cuaresma 2017 del Papa Francisco)

"El amor de Cristo nos apremia" (2Cor. 5,14)


"El amor de Cristo nos apremia" (2Cor. 5,14)




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«Soy el menor de los apóstoles... porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí» (1 Cor 15 ,9-10). Así resume el apóstol Pablo el significado de su conversión. Ésta, que tuvo lugar tras el encuentro fulgurante con Cristo resucitado (cf. 1 Cor 9 ,1) en el camino de Jerusalén a Damasco, no es principalmente un cambio moral, sino una experiencia transformadora de la gracia de Cristo, y al mismo tiempo la llamada a una nueva misión, la de anunciar a todos a aquel Jesús a quien antes perseguía, hostigando a sus discípulos. En ese momento, de hecho, Pablo entiende que entre el Cristo eternamente vivo y sus seguidores hay una unión real y trascendente: Jesús vive y está presente en ellos y ellos viven en Él. La vocación a ser un apóstol no se funda en los méritos humanos de Pablo, quien se considera «ínfimo» e «indigno», sino en la bondad infinita de Dios, que lo eligió y le confió el ministerio.

Una comprensión similar de lo que sucedió en el camino de Damasco es testimoniada por san Pablo también en la primera Carta a Timoteo: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe; sin embargo, la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús» (1, 12-14). La sobreabundante misericordia de Dios es la única razón en la cual se funda el ministerio de Pablo, y es al mismo tiempo lo que el apóstol tiene que anunciar a todos.


La experiencia de san Pablo es similar a la de las comunidades a las cuales el apóstol Pedro dirige su primera Carta. San Pedro se dirige a los miembros de comunidades pequeñas y frágiles, expuestas a la amenaza de las persecuciones y aplica a ellos los títulos gloriosos atribuidos al pueblo santo de Dios: «linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios» (1 Pt 2, 9). Para esos primeros cristianos, como hoy para todos nosotros bautizados, es motivo de consuelo y de constante estupor el saber que hemos sido elegidos para formar parte del diseño de salvación de Dios, actuado en Jesucristo y en la Iglesia. «Señor, ¿por qué precisamente yo?»; «¿por qué nosotros?». Alcanzamos aquí el misterio de la misericordia y la elección de Dios: el Padre ama a todos y quiere salvar a todos, y por eso llama a algunos, «conquistándolos» con su gracia, para que a través de ellos su amor pueda llegar a todos. La miión del entero pueblo de Dios es la de anunciar las maravillas del Señor, la primera la del Misterio pascual de Cristo, por medio del cual hemos pasado de las tinieblas del pecado y la muerte, al esplendor de su vida, nueva y eterna (cf. 1 Pe 2, 10). (Extracto homilía primeras vísperas Conversión de San Pablo, 2016)


Silencio y contemplación para escuchar al Niño

Silencio y contemplación para escuchar al Niño


Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt 2,12).

En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración.
Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).

(Extracto Homília Noche Buena 2015  - Papa Francisco) 


Adviento: Ha llegado la Misericordia



Adviento: Ha llegado la Misericordia


El Adviento es un tiempo de preparación, de deseo y esperanza, de conversión y de acogida. Nos prepara para el verdadero sentido de la Navidad: El Nacimiento de Jesús.

Tiempo de gracia, tiempo a nuestro favor, para conmemorar la intervención de Dios en el ciclo histórico que alcanza su plenitud con la visita del Señor a la humanidad, cuando la “Palabra se hace carne”. Así el Adviento se convierte no solo en una mera preparación a un evento simplemente festivo, sino más bien es un asumir e integrar en nuestra vida el gran misterio de Cristo que celebramos en la encarnación. Por ello nuestras oraciones en este tiempo las dirigimos a nuestro Padre Dios, para que nos ayude a preparar con su potencia y su misericordia nuestro corazón y encontrar con alegría y gozo su amor en el don de su Hijo Jesucristo.

Dos son las venidas que celebramos en el Adviento; la primera vez el Hijo de Dios ha venido en modo silencioso, como el rocío que cae sobre un velo, pero la segunda vez vendrá en el futuro con grande esplendor y claridad ante los ojos de todos. Ayer, hoy y siempre, en cada actualización del Misterio Pascual de Cristo, cantaremos como en su primera venida: “Bendito el que viene en nombre del Señor”

En Paulinas Puerto Rico queremos que vivas este tiempo especial de preparación de una manera maravillosa. Por eso hemos preparado varias actividades como la Lectio Divina para el Adviento o la charla "Navidad: epifanía de la misericordia" que nos ayudarán a preparar el camino al Señor para vivir de manera sublime los misterios de su Encarnación. Encuentra en nuestras librerías una gran variedad de libros, música y vídeos que ayudarán a complementar tu preparación, así como la oportunidad de elegir libros en descuentos para realizar regalos diferentes durante esta época especial. ​

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Llamados a la Santidad

Llamados a la Santidad 


Llega el mes de noviembre y con el, el día de todos los santos, fiesta que nos recuerda que cada uno de nosotros estamos, también, llamados a la santidad. Jesús mismo ya lo indicaba y resumía su mensaje en el siguiente versículo: "Sean santos como nuestro Padre celestial es santo" (Mt 5,48).

Nosotros somos iglesia viva de Dios y "en el «Credo», después de profesar que la Iglesia es «una», también decimos que es «santa». ¿Cómo es posible afirmar que la Iglesia es santa si a lo largo de su historia ha tenido tantos momentos de oscuridad? ¿Cómo puede ser santa si está compuesta de hombres pecadores? La Iglesia es santa porque Dios es Santo, es fiel y no la abandona nunca al poder de la muerte y del mal; es santa porque Jesucristo, el Santo de Dios, se ha unido a ella indisolublemente; es santa porque el Espíritu Santo la purifica, la transforma y la renueva constantemente; es santa ,no por nuestros méritos, sino porque Dios la hace santa." (Papa Francisco Audiencia General 12.10.13)

"No tengamos miedo a ser santos. Todos estamos llamados a la santidad, que no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Dios obre en nuestras vidas con su Espíritu, en confiar en su acción que nos lleva a vivir en la caridad, a realizar todo con alegría y humildad, para mayor gloria de Dios y bien del prójimo". (Papa Francisco Audiencia General 12.10.13)

Por eso, en este mes en el cual culminaremos el Jubileo Extraordinario de la Misericordia miremos los frutos de este tiempo de Gracia del Señor, que no encamina a la santidad. Que en el día a día, por medio de la lectura ferviente de la Palabra de Dios, la participación en los Sacramentos, el amor y la caridad al prójimo lleguemos a recibir la corona merecida, como decía san Pablo.